viernes, 21 de abril de 2017

Rise of Runelords: Asuntos pendientes (relato)

Esta es una historia basada en mi personaje, el paladín enano Ruinhijoputa. Espero que os guste.

Entre putas y borrachos caminaba un paladín dispuesto a traer justicia.
Bajo las ruinas del puente siempre hacía frio, aunque hubiese mil almas en las calles aquel pedazo de tierra parecía un cripta. Bajo las ruinas del puente de Magnimar nunca brillaba el sol.
Ruinhijoputa lo sabía bien, se había criado ahí. Mientras caminaba embozado como otro criminal más el enano no dejaba de rumiar para sí lo mucho que detestaba aquella cosa, aquel legado de los Señores de las Runas. Sabiendo lo que sabía entonces, lo mucho que había aprendido a lo largo del año anterior, la fascinación que otrora despertara en él aquel resto de la extinta Tassilon...se había convertido en repulsión.
El enano caminaba firma, empujando a la multitud para avanzar. Se sorprendió lo rápido que habían vuelto a él los viejos reflejos de la calle. Su mano palpaba la bolsa cada poco, detectaba a los rajabolsas y a los pillos con miradas rápidas, y su rostro transmitía un aura de violencia que calmaba la más fuerte de las ambiciones. Los obscenos tatuajes que lucía, porque aquella era la palabra, en su rostro completaban su antiguo bagaje de delincuente.
Aquellas habían sido sus calles, su hogar. Reconocía aún con los nuevos rótulos los prostibulos en los que había malgastado monedas ganadas sin honor, la Sirena Encantada fue una vez La Princesa Impúdica, y los lugares en los que la violencia de su vida criminal escribiera capítulos de su vida. Siguiendo la información que Mister Jaeger le había conseguido, no quería saber como, dobló una esquina en la que Tedrus la Rata mató en una mala noche a su hermano Friggo Malparido, y poco después caminó sobre los adoquines en los que Ruinhijoputa había acabado con aquella alimaña. Usando un adoquin, que luego recolocó con mimo. Se paró unos instantes sobre aquel arma improvisada, seguía ahí.
Reemprendio la marcha con una oración en los labios. Aquellas vidas se habían perdido por nada en aquella época oscura de su vida, antes de la diosa, y temía por el alma de quien fuera su hermano.

Llevaba pensando en su objetivo años. Había sido su peor pesadilla de niño, una amenaza mortal de joven y una herida clavada en el costado del barrio desde hacía demasiadas décadas. Un usurero, proxeneta, esclavista, carnicero...un criminal enquistado en el corazón de los más débiles de Magninar. Aquella noche Ruinhijoputa iba a extirpar aquella enfermedad llamada Ergommir.
El edificio no era nada especial, solo los dos matones semiorcos de la puerta delataban algo de la auténtica naturaleza del lugar. Eran enormes, musculosos, llenos de perforaciones y de aspecto fiero, recubiertos de tatuajes que les marcaban la cara. Aquello dejaba claro quien era su dueño, solo Egommir practicaba aquella forma de marca. Ruinhijoputa lo sabía bien. Le dolía recordar la noche en la que se ganó su nombre. Le daba asco recordar el júbilo que sintió en aquel momento.
Sonaban los petardos.
Sonaban los cohetes.
Casi se olía el alcohol.
Aquella noche Manohacha y Fuji había organizado una buena jarana. Necesitaba el ruido. Aquello estaba bien.
Aquellos sacos de músculos se fijaron en él.
-¿Ke koño mirash, bashura?-al paladín siempre le costaba ejercer la violencia sobre personas con defectos en el habla, no sabía bien porque. Le recordarían a Skruffy.
-Tu fea cara ¿cuanto te pagan?
Los semiorcos se pusieron tensos como cuerdas de laud, los nudillos de sus manazas verdes se volvieron blancas al agarrar con fuerza sus machetes. Sus ojitos brillaban con codicia.
-¿Porke kojonesh lo preguntash?
-Porque dudo que te paguen lo suficiente como para que te compense que te la parta...en dos-dicho esto dejó entrever el enorme filo del Legislador.
-¿Me eshtash amenashando?-los dos matones se pusieron firmes.
-Te estoy advirtiendo. Iros, ya.
-¡TE JODAN!-aquello lo pronunció bien. El enorme hombretón movió con fiereza su arma, pero antes de medio latido de corazón el Legislador ya había separado su mano del brazo. Antes de que la carnaza cayese al suelo su compañero, que debía ser mudo, ya estaba a media calle de distancia. El matón se echó a llorar, Ruinhijoputa le agarró el muñón y sanó con el dulce amor de Iomedae la herida.
-Vete, busca a la diosa y dale las gracias por su misericordia.
-Shi.
-Ya.
Luego violó el umbral de la madriguera de la bestia. Dejó la capa atrás. Él era la voluntad de la Diosa, no algo que ocultar. Sino una celebración de la justicia.

El lugar olía a tinta. Docenas de escribanos pasaban a limpio notas, contratos, adeudos y deudas en que eran los grilletes que pesaban en el cuello de cientos de personas en Magninar y más allá. Ancianos y jóvenes, de todas las razas de Varisia, miserables como ratas....todos ellos eran los capataces que ejercían la voluntad de Ergommir. Hoy iban a ser libres, les gustase o no.
-¡No puedes estar aquí!
-¡Tu pellejo colgará del palo mayor!
-¡No sabes con quien te metes.
Le hizo gracia reconocer el graznido del último escriba. Un viejo que había vendido a sus hijos cuando él era un mocoso que correteaba por lugares como aquel.
-Mi pellejo ya está marcado, y sé perfectamente con que clase de monstruo me estoy metiendo.
Comenzó a quebrar a espadazos las endebles de trabajo de los escribas, derramando tinta sobre los papeles, la madera y el filo del Legislador. Destrozaba con cada golpe días de trabajo y coacciones. Aquellos miserables echaron a correr.
Un silbato. Pisadas. Antes de darse cuenta le rodeaban una docena larga de matones, tan brutos e idiotas como los de fuera. Jóvenes, eso si...muchos no tenían aún la cara marcada. Niños. Aquel monstruo no había cambiado.
-Lucháis por una abominación que no se merece vuestras vidas-guardó al legislador y señaló con ambas manos su faz-miradme bien. Ruinhijoputa es lo que Ergommir tatuó en mi jeta cuando tenía vuestra misma edad. Ruinhijoputa es lo que me llamaba a mí, a su matón y su cortagargantas favorito, quien llenaba de putas monedas sus arcas semana tras semana. Para nada. Pienso y vino rancio en burdeles llenos de gonorrea, esa fue la recompensa de este soldado. Sabéis quien soy, el que se fue, el que abandonó. Podéis hacer lo mismo que yo.
Uno de ellos se lanzó a por él, las fuertes manos de Ruinhijoputa lo agarraron del cuello y lo lanzaron al suelo con fuerza. Era la única lengua que entendían. Esperaba ser aún capaz de hablarla con claridez.
-El nos lo ha dado todo.
-Os lo ha quitado todo y aún no os habéis dado cuenta, idiotas. Os ha quitado la juventud, os ha arrebatado la niñez, no os ha dejado ni el nombre.
Silencio.
-Ergommir se acaba hoy. De un modo u otro. Os corresponde a vosotros decidir si también se acaba vuestra vida.

A solas, rodeado de tinta, acero y papel roto, Ruinhijoputa, Ergotrek como le llamara su madre, se echó a llorar. Hubiese odiado verse obligar que matar a aquellos mocosos. Felicidad, lágrimas de felicidad...un bien preciado. En su día llegaron a ser motivo de vergüenza.

Descendió al sótano. La casa podía tener dos plantas, el mundo haber conocido décadas pero los hábitos de la alimañana que venía a exterminar seguían siendo los mismos. En su cueva, rodeado de paneles, tapices caros, hermosos cuadrados, mesas de trabajo, toneles de tinta y toneladas de papel cuidadosamente encantado descansaba la recia figura de Ergommir. Calvo como un águila, con una barba larga y sin cuidar, los dedos llenos de anillos y un bastón en las manos...la bestia esperaba agazapada.
-¿Quien coño te crees que eres?-un proyectil del tamaño de una daga voló desde el bastón hacia Ruinhijoputa pero este elevó con indiferencia su palma y chocó contra un muro invisible-¿no sabes quien cojones soy?
-No han pasado ni 20 años y ya me has olvidado ¿eh?
-¿Quien?
-Ella era joven, tú tenías poder. Decidiste que tenerme podía ser divertido.
-Tú.
-No un heredero, claro...más bien un escalpelo. Un arma viviente. Un matón decidido a ganarse tu amor.
-Maldito hijo de puta ¡tendría que haberte matado en el vientre de tu puta madre!
La respuesta de Ruinhijoputa fue invocar el ardiente espíritu de su Legislador, el cual otrora viviera en la espada de su maestra y que le juzgara digno pocos meses atrás, y golpear con él las mesas. El papel ardía. La tinta en sus frascos explotaba. Semanas de trabajo de la red se echaban a perder. Luego años. Décadas de contratos. Fortunas.
-Y sin embargo aquí estamos.
El fuego lo devoraba todo. En su mano el Legislador casi vibraba de expectación, o tal vez era él expiando años de crimen y una vida de miedos.
-¿Por qué?-el anciano, no se había percatado de lo mayor que era su padre hasta aquel momento de vulnerabilidad.
-Tú lo sabes mejor que nadie.
-¡Que!
-Porque puedo.
-No eres más que un matón, malnacido.
El fuego destruía la obra de una vida. De una mala vida. No era bello. Solo necesario.
-Tal vez. Aprendí del mejor.

Y después dejó al viejo monstruo. Solo. La calle se ocuparía de él. Lo sabía bien, Ergommir había sido un gran maestro. Los fuegos artificiales seguían decorando el cielo lejos, más allá de la ruina tassilónica que en ocasiones dominaba sus pesadillas. Los siguió. Marcaban donde estaba la familia.

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