jueves, 28 de enero de 2016

No es la eternidad que me prometieron

Otro sueño convertido en relato.

Seguía sentado al borde del inmenso lago, con el abrigo empapado y rodeado por una niebla que parecía vibrar. Podía ver su aliento pero no hacía frío. Podía ver y oír a las personas que aparecían del profundo bosque que tenía detrás suyo. Sus risas hacía tiempo que dejaron de molestarle, sus sonrisas dejaron de incomodarle un poquito antes. La sensación que perduraba era un pinchazo, casi un latigazo en la columna vertebral, que acudía a su ser cuando se sumergían en las aguas del lago.
Algunos dudaban, permanecían minutos, horas y días sin atreverse a meterse en aquella inmensa masa de color zafiro. Otros no lo dudaban ni un instante, perdiéndose en el agua. Todos le echaban valor y al poco emergían de las misteriosas profundidades las ropas que llevaban. La corriente, placida y lánguida como una caricia, arrastraba hasta la orilla. Hasta sus pies. Como si el lago se estuviese riendo de él por haber decidido dar media vuelta, y entre lágrimas regresar a la playa.
Cogió un sombrero un copa, lo vacío de agua y se lo puso.
-En algún momento tendrás que hacerlo.
La presencia, una sombra amable cuya voz sonaba a verano y preocupación de madre, llevaba casi tanto tiempo como él. Podía ser una eternidad, podían 10 diez minutos.
-No quiero.
La gente, una horda nacida en cada uno de los más miserables rincones del mundo, los ignoraba. Como él había ignorado a tantos en las aceras de los bosques de cristal. Como él había ignorado a legiones desde la comodidad de un televisor y la tranquilidad que daban acciones vacías de valor pero muy visibles. Limosna virtual.
-Nadie quiere en un principio, pero es inevitable.
-Bueno, yo lo estoy evitando ¿no?
-Nadie lo evita para siempre. No eres el único que ha dado marcha atrás.
Lo sabía. No era tan arrogante para creer alguien importante, tan diferente. No le importaba, no estaba dispuesto a desaparecer y olvidar. Una vida de logros se merecía más que eso. Una vida llena de amor y bienestar.
Alguien, una figura escuálida y oscura, se lanzó de cabeza al agua entre lo que parecían gritos de júbilo. El líquido le saltó al rostro, y volvió a suceder cuando otros le siguieron.
-Ellos parecen haberlo entendido.
-Ellos no tienen recuerdos que merezcan la pena recordar, han pasado por la vida sin pena ni gloria. Esta es su oportunidad de intentar hacer algo más que alimentar moscas en alguna selva.
Pasó cierto tiempo, era difícil saber cuanto pues en aquel lugar brillaba la luz lejana de un Sol color perla que les llegaba tras pasar por una densa bruma. Pasó cerca de él un grupo nutrido, cogidos de la mano. Una familia, sonreían al sumergirse juntos en el olvido y la separación que jamás sabrán haberse sufrido.
-¿Se volverán a ver?
-No es probable.
Le asaltó una terrible congoja, un frío que le nació en la garganta. Un terrible vértigo. ¿Que locura era aquella?
-Y sin embargo lo hacen.
-Saben lo que deben hacer, y entienden que debe pasar. Han vivido, han amado y es momento de seguir adelante.
Seguir adelante...le parecía un buen eufemismo para lo que era en realidad el exorcismo de su identidad, el genocidio de todo lo que era él.
-De olvidar querrás decir.
-También. Pero es algo que ya has hecho en el pasado, y debo confesar que en veces anteriores le echaste más valor.
-Tengo mucho que conservar, mucha felicidad. Y ninguna gana de perder todo lo que soy ¡ninguna!
Se giró, y admiró la cuesta que conducía a aquel lago inmisericorde. La marea humana seguía llegando, nunca cesara ni cesaría, y vio en los rostros de aquel tsunami sus propias emociones, así como otras que realmente le costaba recordar.
-¿Y ahora quieres volver a la espesura?
-Tal vez.
-Para ti no hay nada ahí. Ni aquí.
-Igual veo a algún conocido, a otra persona que no quiere hundirse. A alguien.
Alguien con quien pudiese hablar sin que le insistiese para que pasase por la trituradora.
-Ahí no hay nadie para ti.
-Y más adelante tampoco.
-Eso no es cierto...hay un mundo que te espera si das el paso. El futuro.
-Para mí no. Para otra persona.
Comenzó a caminar, con dificultad y evitando los empujones de aquellos locos que casi parecían ignorarle. La ropa mojada le pesaba, por lo que comenzó a desnudarse. Tenía algo dentro del bolsillo, algo pesado y pegajoso...papeles, llenos de tinta, con rostros de hombres largo tiempo olvidados y letras que se perdían al contacto con su piel. Lo tiró todo, quedándose solo en camisa y calzoncillos, con un sombrero que no era suyo.
-Tendrías que verte.
-Seguro que estoy graciosísimo.
-A ella le haría reír, se partiría la caja.
Se giró de forma dramática y algo torpe, perdiendo el pié y rodando los pocos metros que había avanzado. Se paró al borde del agua. Sangraba pero no le dolía, respiraba con dificultad. Y sentía como le ardían los ojos.
-No vuelvas a mencionarla.
-Perdóname.
-No. No te perdono. Ni a ti, ni a ella. Me ha dejado, solo. Ha optado por olvidarme.
Habían llegado juntos, de la mano y decididos a pasar los últimos momentos del viaje unidos. Al llegar al agua ella le había besado, y se zambulló. Estaba decidido, estaba con ella. Le parecía bien, había sido una buena joder.
-La seguí, joder. La seguí hasta que la perdí de vista.
Tal vez ella pudiese seguir adelante para olvidarle, pero él no. Olvidarla y vivir una vida sin ella no era algo que mereciese la pena. Era imposible.
-¿Y te quedarás aquí por ello?
-Si.
-¿Para recordar un amor que ya no existe?
-Si.
-¿Solo?
-Si.
Agarró el sombrero, lo miró y lo lanzó bien lejos de él. Un buen lanzamiento, casi le hizo enmarcar una sonrisa. Una mujer que estaba con el agua hasta el ombligo lo recogió y se lo puso, para después echarse a reír antes de perderse en aquella oscuridad.
Solo, con la voz silenciada, comenzó a recoger algunos trapos para sentarse sobre algo mullido. Encontró, para su sorpresa un libro escrito en un idioma que no conocía pero que pudo leer. Era una mala historia, peor escrita y llena de personajes planos. Echó un ojo a las primeras páginas, tenía una dedicatoria que se estaba borrando por el agua.
-No es la eternidad que me prometieron.
Pero no estaba mal, pensó mientras se recostaba. Era mejor que la nada. Le recordaba aquella acampada que salió tan mal. La discusión. Y para acallar el recuerdo hizo rebotar contra la superficie del lago un canto. Sintió algo de frío, y decidió vestirse con lo que le traía la corriente.
Al menos era la eternidad.
La gente seguía yendo al agua, ignorándole a él y al canto.
-En algún momento tendrás que hacerlo.

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