jueves, 28 de mayo de 2015

Algo que escribí un mal día hace no mucho...con Lovecraft en la cabeza

Ella estaba sola ante las estrellas. Aviones que estallaban en el cielo transformado. Caminaba entre la lluvia de hierro, plástico y gente mirando más allá.
El umbral del edificio quedaba reducido a un pulgar de polvo que se llevaba el polvo mientras caminaba. Miró hacia arriba y solo vio estrellas extrañas, vórtices de hambres, nubes de carne. Los dioses reclamaban la Tierra. Las obras del hombre eran barridas como una molestia.
Alguien gimió al lado suyo, luego maldijo y finalmente murió entre escupitajos de sangre, dientes rotos y llantos que a nadie le importaban. Le prestó la misma atención que al viento en mitad de una tormenta, no era nada especial, solo algo más...que estaba ahí. Como lo estaba la sangre de sus manos, el cuchillo aún caliente y unas lágrimas en las que no pensaba ya.
Seguía caminando.
Si es que podía pensar ¿quien lo haría mirando un cielo infinito que se revolvía como si hiciese el amor consigo mismo? ¿Quien podría perderse en tales minucias cuando el futuro devoraba el presente? ¿No era acaso una maravillosa sorpresa la que los humanos habían recibido? El mejor de los regalos, un instante de claridad y entendimiento. La misma nada los arrastraba consigo misma.
Seguía caminando.
Una imagen en su mente. La de un cuerpo retorcido y maltratado, destrozado como un mal poema en manos del más cruel de los amantes. Varón, hembra...no importaba. Era carne de sacrificio, un animal gimoteante que no entendía la gloria de lo que estaba por venir. Tal vez hubiese suplicado, tal vez desease seguir viviendo ¿que eran los deseos del ratón ante la voluntad del rapaz? ¿Del mortal ante el dios? ¿Del becerro ante el cuchillo? Un cero a la izquierda, al norte y en el corazón. Recordaba caricias de esa nadería, el anhelo de su afecto...como el escozor más irritante que nadie pudiese sentir. Una molestia a desechar.
¿Había sido ese sacrificio el que había permitido regresar a los Señores? ¿Un acto que no recordaba salvo por ese relampagueo que moría en su espina dorsal y que apenas le hacía ya feliz? ¿O tal vez su regalo solo hubiese sido otra ofrenda de entre tantas las que se entregaban en aquellos portentosos instantes? Ellos eran y fueron, pero también serían...inconmensurables.
Seguía caminando.
Algo enorme crecía de la tierra como un árbol palpitante y rojizo, con destellos de gasolina y un olor a canela caliente que provocaba que su labio inferior temblase. Personas a las que no volvería a ver, sangre que se secaba. Logros, los de un mono que montaba en bicicleta ante una audiencia de obesos hipertensos en una carpa de plástico, se deshacían ante sí...cuando aquella cosa destrozaba, aplastaba y devoraba a una masa de animales que fornicaba, mataba y suplicaba en mitad de un océano de espaldas, sudor y sangre.
Notó entonces algo metálico que recorría su dedo, un fino roce que era casi un susurro...finalmente el ruido sordo de la plata contra el polvo del mármol, las cenizas de Picasso, las astillas de una virgen. Un anillo.
Una promesa.
Mil mentiras.
Siguió caminando. Dios la esperaba. Era mejor que nada.
Era certeza.

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