martes, 7 de mayo de 2013

En el verdor


Relato postapocalíptico escrito después de estudiar.



El mundo es una puta selva, literalmente.
Hace no tanto ¿que, diez años? ¿tres? Que sé yo, que importa, no paraban de darnos la matraca sobre proteger los bosques, salvar al Amazonas...la Virgen, incluso planté un par de árboles cuando estaba en la carrera. Ahora la naturaleza vuelve a tener la sartén por el mango y lo que habría que hacer es una campaña para salvar a la Humanidad.
Pero no creo que nos lo merezcamos.
De todos modos somos una especie difícil de eliminar, peores que las jodidas cucarachas. Hasta donde yo sé nos hemos instalado en la costa, en el linde de esa pesadilla esmeralda que cubre el continente. El salitre, el viento, la sal, algo y no importa qué le sienta mal a la nueva vegetación. Malo para ellos, bueno para nosotros. Vale, tienes que vivir con la dichosa corrosión que devora el metal, las tormentas, las galernas y encima solo hay pescado para comer...pero quitando eso la vida no es puta como en otras zonas.
He visto como sobreviven, o malviven, los idiotas que aún quedan en las ciudades del interior y que no tienen lo que hay que tener para adentrarse en el verdor para llegar hasta el mar. No les culpo, si no fuera porque es mi trabajo y de él depende la supervivencia de la aldea no me acercaría ni a 10 metros de un árbol. Pero no tengo esa suerte.
Porque el verdor es malo, si. Y está lleno de peligros, cierto. Y lo más probable es que mueras si pasas más de una semana en él, cosa que tengo muy clara. Pero también cosas provechosas en su interior. Plantas que sanan, plantas que calman el dolor. Hojas fertilizantes. Semillas para poner el palo tieso. Venenos. De todo, un enorme supermercado a la libre disposición de los locos que vayamos con la cesta vacía.
Y en eso estoy ahora. Con otros 3 exploradores de la aldea, armados con arcos y machetes, cagados de miedo aunque el viaje solo vaya a ser de 2 días ida, 2 días vuelta. Solo hay que llegar hasta las ruinas de un pueblo donde crecen unas flores que llamamos Leones Enfadados, los médicos del asentamiento las necesitan para hacer algo que no nos han querido explicar. Joder, como pían los putos pájaros  deben estar criando.
Tenemos que seguir el puto río y exponernos a los ataques por miedo a perdernos, ni puta gracia. Hasta hace no tanto podíamos seguir la carretera y llegar medio rápido, pero el asfalto ha sido destrozado por las nudosas raíces de los ominosos árboles del nuevo mundo. Recuerdo el Primer Brote, estaba en coche con mi padre, él conducía...no recuerdo a donde íbamos.
Da igual. El caso es que de pronto un enorme raíz emergió del suelo, rompiendo la carretera y destrozando el coche cuando chocamos contra ella. Mi padre murió en el acto. Yo no tuve tanta suerte, me tocó sufrir el Fin de la Civilización. La venganza del Mundo lo llamó uno que yo me sé, pero no le hago ni puto caso porque prefiere pasarse el día cosiendo redes o pescando en la costa, en vez de jugarse el tipo en el interior. Envidia, si.
Llueve, el retumbar del agua cayendo sobre la techumbre verde nos deja sordos. Las linternas no tintinean y el camino parece seguro. A los Salvajes les gusta la lluvia, por eso se quedan quietos en la ribera recibiéndola como una bendición. O algo así, si no fuera porque tienen el cerebro parasitado por un hongo amarillento que llamamos Esclavizores, su descubridor se puso nervioso y lo dijo mal la primera vez.
Pero está vez no están ahí.
Malo. Muy malo.
Amaina.
Los pájaros ya no cantan, y no sabemos cuando dejaron de hacerlo por la condenada lluvia. Jodidamente malo.
Uno de mis compañeros masculla algo, me coloco bien el pañuelo que tengo en el rostro y aprieto con fuerza la empuñadura del machete. El ruido de una rama al romperse, ya vienen. Más ramas rompiéndose, son unos cuantos.
Detrás mío oigo como Jon, un veterano como yo, maldice mientras rompe algo con su arma, produciendo un sonido característico, como leña húmeda con membrillo debajo. Me giraría para ver que pasa pero entonces no vería al cabrón que se lanza a por mí.
La cara amarilla, los ojos amarillos, sus dientes están rotos y algo, como raíces  emerge de su paladar. La boca muy muy abierta y las manos extendidas hacia mí. Una explosión de violencia. Quiere derribarme para empezar a masticar y ya si eso contagiarme, sin cita previa. Le reviento la cabeza de un golpe en paralelo, sesos amarillos in the air. Alegría.
Oigo a Guillermo, el nuevo, gritar. Me giro para descubrir que le un Salvaje le está mordiendo el cuello, sangre...mucha. Él ya está muerto cuando le reviento la puta cabeza al cabrón, luego a él. No queremos, tampoco el pobre Guille, que se levante con un Esclavizor burbujeando en su organismo.
En apenas un minuto hemos acabado, ocho salvajes a cambio de uno de nosotros...mal cambio. Los reconocemos al cabo de un momento, son del pueblo vecino al nuestro, Guetaria. Aún llevan sus cacharros, fotos y demás. Los recogemos ¿que diablos hacían aquí?
Empezamos a caminar de nuevo con el ánimo sombrío y gasolina en mano. Pronto encontramos el nido de Esclavizores, una zona llena de mierda amarilla y una niebla anaranjada. Impregnamos bien de combustible el sitio y le prendemos fuego. Gritos en la noche, empatía del infierno. Con suerte habremos matado suficiente del Esclavizor para que el resto muera. Suerte, de eso no vamos sobrados.
Volvemos al río.
Hay que caminar y está oscureciendo.
Como odio ser valiente. 
Y pensar que por mis 20 años me gasté una pasta en un viaje a la selva. Vueltas que da la vida...

1 comentario:

  1. Genial, el Esclavizador me recuerda al hongo de The Last of Us. Los donostiarras resistiendo ahí hasta el final, claro que sí xD

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