lunes, 10 de octubre de 2011

Carrusel bloguero: siendo un niño rolero (medio) español


Al parecer el tema escogido para el Carrusel Bloguero por Tremandur, del blog El Hacedor de Dados, ha sido España y el rol.. de modo que provechando que tengo tiempo me voy a unir a esta movida para contar un poco como fueron mis inicios en los juegos de rol siendo bastante pezqueñín, en esos tiempos lejanos que llamamos los años noventa, llenos de asesinos roleros armados con poliedros afilados y un miedo tan brutal que las madres de algunos tapiaban las ventanas si se oía la palabra maldita de 3 letras.

Lo de niño rolero medio español del título se debe a que mi padre es francés y pasé buena parte de mi infancia a caballo entre Donosti y Francia aunque ya con 3 años me instalé definitivamente en este país, esto es relevante porque mis primeros pinitos como Master los hice con un juego de fantasía épica escrito en francés. Bueno, al lío.

En el año 1996 yo contaba con unos 8 años y me encontré de pronto al cuidado de unos adolescentes, los cuales no tenían muchas ganas de hacer caso a un mocoso como yo, sobretodo porque andaban en medio de una partida de Vampiro; al ver a aquellos chicarrones tan centrados alrededor de la mesa hablando sobre vampiros e inquisidores me puse algo pesado y alguno de ellos tuvo la brillante idea de meter al crío en el juego, que seguro que se echaban unas risas. Cabronidos.
Fuese como fuese aquel adolescente con ganas de cachondeo es en buena parte responsable del camino que he seguido desde entonces. Supongo que le tengo que estar agradecido.
El caso es que me dijeron que iba a jugar a ser un vampiro, de un clan llamado Toreador, que tenía unos poderes y que me perseguían unos inquisidores para darme matarile; recuerdo que pregunté que era aquello de "debilidad de clan" y me dijeron que no era nada importante. Al cabo de 10 minutos yo tenía un personaje que huía de unos señores armados con agua bendita y espadas por las calles de Donostia, y mi pobre mente infantil no tuvo otra idea que esconderse en el Museo San Templo (que estaba al lado de mi casa y me parecía un sitio estupendo donde esconderme). Mi pobre vampiro quedó como lelo ante tanta belleza, aquella cosilla sin importancia me explotaba en la cara, y quedó a merced de aquellos señores tan malos, hablo de los inquisidores y no de los adolescentes, que lo estacaron, decapitaron y purificaron.
Las risas fueron generales y mi cabreo monumental, los otros vampiros aprovecharon y se escaquearon.
Pero mi venganza fue terrible, pedí el manual (un montón de fotocopias), le eché un ojo por encima y me hice un poco a mi bola, el master decidió ser un poco majo con el pobre chaval, un tipo muy feo que se hacía invisible...con mucho en DEMOLICIONES. Maté a los otros vampiros y me dí por satisfecho, pero lo más importante era que una semilla había quedado sembrada en mi rubia cabecita, pese a todo aquello me había gustado y quería más. De modo que como buen chaval de esa edad me puse a dar la lata con esos juegos y al final me hizo unas fotocopias de un juego cuyo nombre he olvidado hace tiempo pero que venía a ser un AD&D a la francesa, debía releer aquellas hojas hasta que quedaron inservibles y mi madre optó por tirarlas sin saber que eran mi más preciado tesoro. También me dio unos dados que fui perdiendo con el paso del tiempo, irrecuperables hasta mi adolescencia.
El caso es que conseguía de vez en cuando comerle la cabeza a otros niños para jugar, cosa nada fácil y empecé a montarme mis partidas, mis dungeons y mis historias, todas calcadas de los libros que devoraba con ganas: el Señor de los Anillos, las novelas de Gotrek y Felix, Dragonlance, Conan, Warhammer, los videojuegos que tocasen, etc...Era poco original pero me lo pasaba en grande.
En aquellos 4 primeros años apenas jugaba y al final siempre optaba por juegos muy simples en los que se tiraban los dados por tirar y todo quedaba a mi antojo. Seguía una serie de normas que otro chaval metido en El Rol tenía en sus partidas, como meter cementerios o empezar la historia en bolas y pobres como ratas. Echar un rol era algo que se oía a menudo salir de mis labios debido a mi patanidad total a la hora de jugar futbol, lo mío era hablar e imaginar; llevaba encima algunos dados y minis de warhammer, de aquellas que vendían en suplementos, por si las moscas. Además, unos chavales dos cursos por encima del mío jugaban una campaña de Resident Evil en el patio y me dejaban mirar, me hacía mucha ilusión.
Comprar manuales estaba fuera de toca cuestión, no me daba el dinero de mi paga y la única tienda que conocía estaba al otro lado de la ciudad, escasos 35 minutos en realidad, de modo que tiraba con las fotocopias que conseguía y los juegos que apañaba, siguiendo generalmente el esquema de Warhammer Fantasy: fuerza, resistencia, HA, HP, etc... Poco ingenio pero si muchas ganas de jugar.
El caso es que yo nunca hablaba de eso en casa, para mi madre yo solo jugaba con muñequitos, el "de mierda" lo decía cuando yo no estaba delante; como no pedía dinero para juegos de rol ni nada de eso, como he dicho me tiré años con los primeros dados o rapiñando los del parchis (si, triste), no sospechaba nada de que su tierno hijo era en realidad un rolero de esos.
Año 2000...a un gilipollas llamado José Rabadán se le cruza un clave y mata a su familia a katanazos, los medios inflan la movida hablando de su obsesión con el prota del FF VIII y la palabra rol surgía sin parar; tonto de mi pensé que la movida no iba conmigo, porque el Final no era un juego de rol y encima me parecía un asco de juego. Durante un tiempo yo seguí a mi bola y de vez en cuando quedaba para jugar, un chaval tenía libros "nuevos" (el AD&D) y en español que me dejaba leer, además finalmente conseguí ahorrar algo de dinero de cumpleaños y reyes para pillarme en la librería de al lado de mi casa el libro de Superheroes INC (que me ENCANTABA).
Una tarde domingo cuando fuimos a jugar al clon francés de AD&D mi buena madre me preguntó a donde iba e inocéntemente le dije que iba a echar una partida de rol a casa de Fulanito de tal.
Bueno, se armó la marimorena; mi aitona diciéndome que aquello era peligros, mi madre y mi amona acojonadísimas, llorando, temerosas de que se me cruzase un cable y les diese muerte a katanazos. Me quedé castigado en casa, mi madre me decía que aquello me volvería un asesino, un peligro y que estaba asustada; para alguien que apenas tenía 11 años aquello fue duro y más cuando sabía que no estaba haciendo nada malo ni peligroso.
Empezaron años de jugar a escondidas, meter los libros en "lugares secretos", aunque con la era de Internet podía tener en el ordenador una carpeta con miles de documentos que leía hasta quemarme las pestañas, y no decir ni mú a nadie sobre mi afición, en los primeros años de la ESO ya tenía fama de rarito por leer como loco libros rarísimos y pintar "juguetes" (es esa época absurda en la que eres un crío pero los muñecos te parecen infantiles), si se hubiese sabido que encima era un asesino en potencia...en fin. Curiosamente fue una época donde jugaba mucho a rol y de echo tuve la enorme fortuna de conocer a otros roleros mayores que yo que jugaban en el recreo que había después de comer. Engullir la pitanza a toda velocidad para unirme a los otros aventureros en la Tierra Media se volvió un habito, jugar un sábado de cada mes también; nunca más he recuperado ese ritmo de roleo. Con el tiempo aquellos 3 se separaron y a mi me dejaron sin gente con quien jugar, mi cuadrilla pasaba del tema y no conocía a nadie más.
Pasaron los años y mi madre empezó a asumir que tenía un hijo friki, mis libros salieron de la clandestinidad aunque hablar de rol delante de ella estaba fuera de cuestión.
Al mismo tiempo mi aitona me regaló dos juegos que fueron directamente a mi número uno: Mutant Chronicles y Capitán Alatriste, los conservo aún con mimo.
No tuve ningún problema hasta el año 2004, cuando un cura cabronazo llamado Iván me pilló leyendo en la biblioteca un libro llamado Demonio: la Caída y que me terminó metiendo en el despacho del psiquiatra sin saber muy bien porque, solo tenía que explicar de vez en cuando que era aquello del rol y porque no era nada malo ¡hasta me eché una novia rolera! En aquella época ya tenía una paga fija que destinaba a mis aficiones, mi colección empezaba a aumentar a toda velocidad aunque el ritmo de publicaciones menguaba brutalmente, aquello me jodía enormemente y no pocas veces me dedicaba a buscar en mercadillos de libros manuales de otros tiempos. Pero entonces ya no era tan niño y hay poco que contar que sea de interés, solo a partir de los 17 mi roleidad volvió a tomar fuerza, tenía dinero para financiarme y amigos con quien jugar.

Creo que al final se puede decir que mi caso es un poco raro, empecé muy pronto y siendo muy crío con un juego que quizás no era el más adecuado para mi, con pocos medios (menos que los que tiene alguien que empieza siendo un adolescente) y tuve que tirar de ingenio para poder jugar a eso del rol que tan raro y mágico me parecía.

Espero que os haya gustado, o al menos divertido, esta pequeña sucesión de batallitas sobre como fue mi infancia rolera.

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